Derrotado, sangrado y humillado. Así terminó nuestro último encuentro. Un ataque a traición; certero, malintencionado. Jamás había sido tomado tan desprevenido como hasta ese momento . Ni siquiera se manifestó. Solamente esperó el instante preciso para asestar la pasividad de su ataque.
Ahora mi piel tiene la marca, la herida que aún no sana. Un corte que irónicamente parece la sonrisa de un bebé. Podría incluso contemplarla como una gesticulación inocente; pero resulta todo lo contrario, la sangre derramada le otorga cierto aire tétrico y macabro.
Nunca le dirigí la palabra, a duras penas percibí su presencia. Supongo que fue éste el motivo de su agravio. Pero nada que hacer si se trata de la esencia misma de las cosas, de la envidia y el rencor que anidaban en su interior. Tampoco tenía la culpa, pues por el mismo orden de su naturaleza, siempre fue pisoteado con indiferencia.
Herido y confundido. Mi propia fuerza fue totalmente insuficiente para ponerme de pie. Hubiese querido inculpar a la lluvia pero era realmente mi cuerpo el que no respondía. Tuve que ser socorrido para ayudar a levantarme y mientras me alejaba, lo veía ahí, inerte, inmóvil, indolente, sin emoción alguna. Aun cuando mis gotas color carmesí, arrebatadas de mi humanidad, reposaban sobre su textura.
A pesar de todo, no le cargo rencor. Debí haber sido mas prudente, mi juventud pudo hacerme sentir invencible e intocable, pero ello mismo es un vestigio de la arrogante confianza que produce la vitalidad. No olvidaré su nombre, y cuando lo enfrente nuevamente, las cosas serán diferentes, no habrá revancha y mucho menos amistad. Porque en el fondo siempre será mi enemigo. Baldosín Mojado, te reconozco como mi enemigo mortal.
VIERNES, 20 DE DICIEMBRE DE 2013
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